| "¿Nos
encontramos en una vivienda banal de un gran inmueble colectivo
o más bien entre las simplicidades casi fastuosas de una
casa suspendida, sin soportes visibles, entre cielo y tierra? Una
escalera interior, como las que se ven en los talleres de los artistas,
accede a un medio piso a partir de una sala común de techo
alto. Las instalaciones domésticas, el cuarto de baño
o de ducha, los sanitarios, la cocina, con su obligada ventilación,
son productos de una buena fabricación evidente y, sin embargo,
recuerdan la producción en serie, la serie numerosísima.
En la calidad de los materiales, en el perfil de las formas, en
la precisión de las líneas, hay algo que recuerda
el "acabado" de una carrocería de automóvil
o el fuselaje de un avión. Hay grandes paneles de tabiques
formados por casilleros superpuestos, situados a buena altura, donde
cada objeto encuentra su propio lugar de manera desahogada y natural.
En esta decoración tan estricta y cuidada no hay, sin embargo,
una actitud previamente adoptada en cuanto a austeridad ni a sequedad.
Muy al contrario: el escaso número de muebles heredados o
elegidos, en vez de acumularse unos sobre otros y destruirse mutuamente,
se ordenan como una corte aireada y discreta del "objeto-re",
de la cosa venerada por encima de todas las demás y que después
de un vagabundeo de algunos días, ha acabado por encontrar
el lugar desde el cual podía derramar sobre el conjunto del
habitáculo su perpetua lección de intensidad. Maravilloso
logro que uno no se explicaría demasiado si no percibiese,
como en un relámpago, que quien lo ha hecho posible es el
arquitecto..."
Le Corbusier. "La Casa del Hombre". |